Objeto ´a´ y la Necesidad-Demanda-Deseo.
Objeto a (a: primera letra de la palabra “otro pequeño” en francés): uno de los primeros signos algebraicos lacanianos. La letra a claramente pertenece al registro imaginario, tal y como lo muestra su lugar en el Esquema L, representando al yo y al semejante (otro especular); representando al otro pequeño, al otro nunca absoluto. Una de las formas en las este concepto puede comprenderse, es como el objeto de deseo que buscamos encontrar en el otro.
En un principio Lacan (1957-1963) plantea que el objeto a puede concebirse como un objeto parcial imaginario con connotaciones de lo real, como el objeto de deseo que buscamos encontrar en el otro. Es a partir de que Lacan introduce el matema del fantasma, que el objeto a aparece como ese objeto que causa el deseo en el sujeto, objeto que nunca se va a poder alcanzar. Así es como puede comprenderse que cualquier objeto que ponga en movimiento al sujeto, que impulse el deseo, va a ser el objeto que causa el deseo en el sujeto.
El objeto a es el resto que cae, como residuo de un corte simbólico que se da en lo real. El significante del Nombre-del-Padre, aparece cortando la relación simbiótica y alienante que existe en la diada madre-hijo, en la que la madre se siente completa porque tiene certeza de que al tener a su hijo, tiene el falo y a su vez, el niño se siente completo porque tiene certeza de que es el falo que completa a su madre.
Por lo tanto, es el padre como portador de la ley, el que ejerce el corte, una vez que la madre le permite la entrada, dándole cabida. Este corte deja un agujero, castra al niño ofreciéndole la posibilidad de sustituir el Deseo Materno por el Nombre-del-Padre, ofreciéndole la posibilidad de metaforizar, de conquistar el orden simbólico, de ser un sujeto del lenguaje y de la ley, un sujeto que está en falta y que por ende, es capaz de desear.
La relación alienante que existe entre la madre y el hijo, se entiende a partir de las primeras experiencias de satisfacción en la vida de un bebé, y nos permiten comprender la esencia del deseo así como la naturaleza del proceso de cómo es que el deseo surge; y es que el concepto de deseo es central en toda la obra de Lacan, al sostener al igual que Spinoza, que “el deseo es la esencia del hombre.” (Lacan citado por Evans, 1997: 67), refiriéndose Lacan al deseo inconsciente.
La pulsión como necesidad, siempre va a estar ligada a la relación con el Otro y al deseo, ya que el deseo, se vale de la pulsión para encontrar formas de realizarse, formas de alcanzar esta satisfacción que se busca. Así vemos como ni la pulsión ni el deseo pueden satisfacerse, pero si la necesidad.
Cuando una fuente pulsional se excita, provoca un estado de tensión en el bebé, que va a ser percibido como un displacer y manifestado en forma de demanda. La demanda entonces, va a ser el acto de exigir por medio del lenguaje (estructura lingüística) que esta necesidad sea satisfecha. No sobra aclarar, que es el Otro quien va a dar sentido a dicha demanda, y que toda demanda va ser una demanda de amor.
Quien ocupa el lugar materno, de gran Otro, va a iniciar el proceso de humanización del bebé, creando en él la necesidad de un objeto que aun no conocía. Este proceso de satisfacción, que no tuvo mediación psíquica alguna por parte del bebé, produce una sensación de placer inmediato que reduce la tensión que el estimulo pulsional provoca.
De este instante en adelante, la satisfacción se va a ver ligada con la imagen del objeto que brindó esta satisfacción, por ende, dejará una huella mnémica en el aparato psíquico del bebé, que para él, va a ser la representación del proceso pulsional.
“Por lo tanto, la esencia del deseo debe buscarse, precisamente en ese dinamismo que encuentra su modelo en la primera experiencia de satisfacción. Más allá de esta experiencia, también permite orientar dinámicamente al sujeto en su búsqueda de un objeto capaz de brindar esa satisfacción.” (Dor, 1989: 161)
El deseo nace entonces, cuando el aparato psíquico del bebé vuelve a cargar la imagen/percepción que relaciona con la satisfacción en el momento en el que identifica la excitación pulsional. Cada vez que la necesidad vuelve a percibirse, un impulso vuelve a cargar esta imagen asociada a la primera experiencia satisfacción, que fue acompañada por un plus.
“… como el objeto que satisface la necesidad del niño es provisto por otro, adquiere la importancia adicional de dar prueba del amor del Otro. En consecuencia, también la demanda cumple una doble función: además de expresar una necesidad, se convierte en una demanda de amor…Esta doble función da origen al deseo, puesto que las necesidades que la demanda expresa pueden satisfacerse, pero el anhelo de amor es incondicional e insatisfacible; por lo tanto, persiste como un resto, aun después de satisfechas las necesidades; este resto constituye el deseo.” (Evans, 1997: 64).
El deseo va a ser entonces un motor que impulsa al sujeto a buscar (eternamente) un objeto que le satisfaga de esta manera, sin embargo, nunca más va a poder ser así. Es por esto, que el deseo aparecerá siempre ligado a esta falta, falta de este objeto eternamente perdido (objeto a).
El deseo necesita la presencia del Otro para existir. La dimensión del deseo, garantiza a su vez, que el niño pase de encontrarse en un estadío de objeto a un estadío de sujeto por medio del establecimiento de la relación simbólica con el Otro y por medio del deseo del Otro.
Rabinovich nos habla del deseo planteando que:
“El deseo… surge de un sentimiento de carencia del ser y ese sentimiento lo impulsa a la búsqueda de aquello que lo colme. Lo que falta al deseante en el ámbito de la estructura subjetiva, aquello que se localiza como la causa última de su deseo…” (Rabinovich, 2007: 14).
Es así, como el objeto a como resto que cae de ese corte, de la separación de la relación alienante de la diada madre-hijo, puede entonces ser la causa del deseo que va a desplazarse de un objeto a otro, haciendo metáfora, sustituyendo un objeto con otro, manteniendo así el sujeto, un motor que lo hace nunca poder alcanzar el objeto que causa su deseo, llevándolo a la repetición de actos, siempre en busca de ese algo real, in-nombrable, que no puede encontrar.
“Uno de los nombres que Lacan le da al objeto a es el de resto: el residuo de la operación de constitución del sujeto. Se trata de un desecho precioso, ya que de una u otra manera el sujeto sigue añorando siempre eso que queda por fuera de la dimensión significante en la que habita.” (Carmona, 2002: 198).
El otro semejante, es un objeto (de amor) para otro sujeto en la teoría freudiana. El otro al que amamos, perdemos y por el que sufrimos. Nasio plantea que esa propuesta freudiana, es la base para la construcción lacaniana de objeto a, ya que el objeto a va a responder a la pregunta: ¿quién es el otro? Esta es una pregunta tan difícil de responder para el psicoanálisis, que el objeto a va a ocupar el lugar de esa no respuesta, o sea, que viene a significar una ausencia (de respuesta ante una pregunta que no deja de aparecer).
La teoría lacaniana nos habla de un rasgo unario, que Freud menciona en su obra, como el rasgo de la persona propia que va a estar presente en todos los objetos de amor de un sujeto perdidos a lo largo de su vida. Así vemos, que si el objeto a se refiere en parte a responder ¿quién es el otro semejante? y ese otro semejante amado por el sujeto, ocupa el lugar de su objeto de amor, es porque el sujeto encuentra en él un rasgo propio, entonces podría decirse que el objeto a responde a ese rasgo propio con el que nos identificamos, que buscamos amar en nuestros semejantes. Pero ante todo, el objeto a aparece en el lugar del otro que refleja esa parte del cuerpo del sujeto que se prolonga (apareciendo en el semejante), escapándose del sujeto.
También aparece el concepto de objeto a como aquello que responde a la pregunta ¿cuál es la causa del deseo?, por lo tanto, al igual que la respuesta inexistente a la pregunta ¿quién es el otro?, el objeto a viene a responder una necesidad en la clínica psicoanalítica, ante las preguntas que se relacionan al sujeto, a su energía psíquica y a su deseo que no dejan de aparecer, siempre sin respuesta.
El objeto a es un elemento que escapa de la lógica del significante (del orden simbólico), sin embargo, al ser el elemento heterogéneo al conjunto homogéneo de significantes, es el que viene a hacer borde, a dar consistencia a la cadena significante en la vida del sujeto. Se relaciona directamente con el agujero del inconsciente, este agujero que dejó el significante que pasó a hacer borde, a contener, por lo tanto, se refiere a un exceso y el exceso siempre está en relación con el goce ya que “no hay agujero sin goce que haga palpitar sus bordes.” (Nasio, 1998: 121).
Así pues, se entiende que si ese agujero en el inconsciente es lo que atrae y anima al sistema, el objeto a es el objeto causa y la fuerza que atrae, es el goce, que recorre constantemente los bordes del agujero. Y no es posible pensar en esta lógica, sin pensarlos (los bordes orificiales y el flujo que los recorre) como “estando movidos por la presencia de otro cuerpo, él también deseante” (Nasio, 1998: 121).
Es así como se puede concebir entonces el objeto a, como el excedente o plus, restante de la operación de humanización, de la introducción del sujeto al orden de la ley y la cultura, operación que inicia con la cadena de Necesidad-Demanda-Deseo, que introduce al niño a un universo de comunicación simbólica con el Otro, y que deja una marca en el niño. Por este motivo es que puede, también hablarse del objeto a en términos de falta.
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- Published:
- 8.20.10 / 9am
- Category:
- Jaques Lacan, Psicoanálisis
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